El Garito era ya un clásico cuando nosotros empezamos a ir

12.Dec.12

Joan Vich, periodista y fundador de Primeros Pasitos, nos cuenta su relación con Garito Café. De lugar de ocio adolescente a escenario de reflexión para sus proyectos posteriores.

Cuando yo empezaba a salir de marcha, salir por Palma era una gozada. No me refiero a esa tontería que dicen algunos de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Eso sería no reconocer que nos hacemos mayores. Pero una cosa es la nostalgia y otra los hechos: se podía salir por la Lonja hasta altas horas, en el centro de Palma había decenas de bares llenos hasta los topes, la plaza Gomila bullía de actividad nocturna, y para ir hasta Can Barbarà, en un feliz peregrinaje que se hacía más que a gusto, casi ni pasabas por el Paseo Marítimo: bajabas por la cuesta de L’Havanna o incluso por las escaleras que había antes de la curva de La Farmacia, al lado de las casas donde Berlanga rodó “El Verdugo”. Una vez allí, Can Barbarà era como una extensión hedonista de la plaza Gomila, con riadas de gente subiendo y bajando, saludándose, riendo y haciendo gamberradas. Divirtiéndose.

 

El Garito era ya un clásico cuando nosotros empezamos a ir. Un bar que llevaba allí toda la vida, donde por la mañana te encontrabas a los pescadores, por la tarde a los bohemios, y por la noche a la parroquia cervecera. Un café intergeneracional donde te ponían a los Beatles y a la Velvet Underground a cualquier hora del día o de la noche. Incluso sacó un EP en colaboración con el fanzine Morgue 47 (germen del actual Youthing), una rodaja de vinilo underground con portada de Rafa Murillo y canciones de grupos como Cerebros Exprimidos o Los Malditos, y acogió varios conciertos memorables como el de Le Mans o los de Los Hijos de Sánchez (barriendo para casa, sí, ¿qué pasa?).

 

Pasaron unos años y nos dijeron que El Garito se traspasaba. Sentimos como si una parte de nuestra adolescencia se fuese por el desagüe. Nos dijeron que lo iban a convertir en un club dedicado a la música electrónica, y empezamos a despedirnos mentalmente de las baldosas blancas y negras, de las persianas en la ventana interior, de la motocicleta que lo dominaba todo desde arriba y de la foto firmada de Cela. Un día nos acercamos a ver qué burrada habrían hecho con ese lugar tan querido. Ay, qué miedo. Estamos en la puerta, y todo sigue manteniendo ese aire tan familiar, esa solera que sólo dan los años. Es extraño. El único cambio visible es el nombre, en un letrero iluminado en el exterior, que ha cambiado ligeramente. Garito Café, con esa simple inversión del orden de las palabras, suena más juvenil, menos vetusto. Pero mantiene el nombre, es todo un detalle. ¿Y dentro? Entramos con paso trémulo y ¡albricias! ¡Es el Garito, el de toda la vida! Eso sí, con una mano de pintura, con mejor iluminación, con un repaso indefinible pero notable, ligero y elegante, que muestra el local de siempre pero rejuvenecido. Brillante y reluciente. Arriba, en una de esas medias alturas que tiene el local, hay una cabina como Dios manda, con todas las comodidades para poder pinchar a gusto. Y, justo enfrente, la espectacular mesa de los timbales, la más bonita que se puede tener en un bar donde se respete la música negra y la herencia latina. De repente, empezamos a sentirnos como en casa. ¡Es que estábamos en casa!

 

El Garito se convirtió de nuevo en ese lugar acogedor donde te gusta quedar con los amigos, y no sólo porque la selección musical sea excelente o porque lo pueblen cada noche las chicas más guapas de la ciudad. Tanto nos gustaba, que propusimos organizar allí una serie de fiestas los domingos por la tarde, como excusa para encontrarnos una vez al mes y, para qué negarlo, aprovechar esa excelente cabina desempolvando discos de bossanova, reggae, latin jazz, easy listening y otros sonidos perezosos para sobrellevar con prestancia el ocio dominical. “Café Bizarre” nació allí, bajo el espejo que pone “Buñuelos”, en conspiraciones amistosas entre Pablo Senigni, Tuyi Ortas, Sebas Rosselló y un servidor. Nacho, Uvete y Eva nos abrieron las puertas de par en par, y empezamos a programar fiestas en las que, además de música fabulosa (a menudo con DJ’s invitados de fuera), había proyecciones e incluso amagos de performance, de las que en alguna ocasión ni avisábamos para acentuar la sorpresa. La cosa no duró demasiado, unos seis meses quizá, pero trajo cola. La experiencia de aquellas fiestas cristalizó en una recopilación que se convirtió en el disco más vendido de la historia de primerospasitos (tampoco era difícil): aún hoy nos encontramos a gente de los lugares más insospechados del mundo que tiene o conoce ese disco. Aquella recopilación llevó a la apertura de un bar en la Lonja, y el bar a un segundo volumen de la recopilación, y ahora que veo todo aquello con perspectiva estoy más de acuerdo que nunca con la aseveración con la que finalizaba el texto de João de Souza en el libreto interior: “Mais que belos tempos passamos”. A ver si va a ser verdad que nos hacemos mayores, y yo sin darme cuenta.

Tataki de atún Yellowfin

Tataki de atún Yellowfin

24.Apr.17

Corría el 1866 cuando el samurai Sakamoto Ryōma se inspiró en la forma de asar la carne de los turistas europeos. Un toque de jenjibre por aquí, otro de vinagre por allá... y vualá: nació el Tataki.


El mismo que hoy servimos en Garito con vinagreta de miso, miel y jengibre, y ensaladita de pepino, cebolleta, algas wakame y gomasio


Garito Café: Platos con su historia

TIRADITO DE SALMÓN

TIRADITO DE SALMÓN

25.Oct.16

Estilo sashimi, con una vinagreta dulce y una picadita de mango, aguacate, tomate, jengibre y cilantro

MOJITO ROYAL

MOJITO ROYAL

24.Oct.16

Frescura real

CEVICHE APASIONADO

CEVICHE APASIONADO

24.Aug.16

Ceviche apasionado, frescura a la perfección

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San Miguel
Hendricks
RedBull